Tras la puerta… Capítulo 6

Nina estaba molesta. Nina estaba hirviendo. Nina estaba CABREADA y ARRECHA. Le tocaba ser la sumisa de ese patán.

– ¿Estás bien? -preguntó Johan, rompiendo el hilo de sus pensamientos.
– Sí, Señor. -contestó Nina aún mirando sus zapatos.
– Alza la cabeza -ordenó Johan.

Nina parpadeó y dos lágrimas de impotencia cayeron sobre sus botas. Respiró hondo y alzó la cabeza manteniendo el rostro sereno, mirando al frente sin dejar entrever su frustración.

Johan se detuvo justo al frente de ella a un solo paso de distancia, aprovechando al máximo su altura. Nina sólo alcanzaba a ver los botones de su camisa y parte del chaleco. Ya se había calmado totalmente y sólo se dejaba guiar aunque su postura era aún algo tensa.

– Mírame -ordenó Johan.

Nina obedeció y para Johan ese momento fue como mirarla por primera vez, como ver a una mujer completamente diferente a la que conocía. Sus ojos mostraban no sólo la aceptación de su sumisión, sino su ansiedad, su temor, sus expectativas…

Johan tomó su barbilla con la mano y acarició sus labios con el pulgar, regando la pintura hasta ese maravilloso punto donde se marcaba el hoyuelo cuando sonreía. Volvió a centrar la mirada en sus ojos y habló.
– Sígueme.

Bajaron al estacionamiento. Johan se subió al auto y abrió la puerta del copiloto.
– ¿Qué esperas, Nina? ¡Sube!

Nina se sentó con la mirada al frente, las piernas ligeramente separadas y las manos en los muslos. Johan le ajustó el cinturón, le hizo separar un poco más los labios y las piernas, colocó sus manos a los lados de sus muslos y se dedicó a manejar sin prestarle mayor atención. Fueron los 20 minutos más largos que Nina tuvo en años. Cuando llegaron al estacionamiento, Johan le desabrochó el cinturón, la ayudó a bajar y, tomándola del brazo la hizo subir al apartamento.

– ¡Bienvenida a mi patio de juegos! -dijo Johan- Baño, cocina, teraza, tu cuarto, mi cuarto y… “nuestro cuarto” -indicó mientras señalaba a cada habitación para que Nina se orientara- ¿Alguna pregunta?
– No, Señor -respondió Nina.
– Primer error. Cuando estés conmigo, elimina esa palabra de tu vocabulario. Jamás quiero escucharte decir que no -la corrigió Johan.
– Entendido, Señor -aceptó Nina.
– Relájate, Nina. No te estoy mordiendo, no te estoy poniendo a prueba. Simplemente estoy marcando los parámetros para que ambos disfrutemos. Mírame. -ordenó Johan.

Miedo. Nina tenía miedo. Era como ver un conejo recién capturado. Incluso temblaba aunque intentaba disimularlo y eso le excitó al máximo.

– ¿Hay algo que quieras preguntar? -la presionó Johan.
– ¿Puedo usar el baño? -preguntó Nina. Necesitaba tiempo para serenarse.
– Por supuesto, vamos -respondió Johan.

¿Vamos? Nina lo vio todo rojo ¡Maldita sea! Este tipo no tenía ni un gramo de delicadeza en el cuerpo, pero cada quien tiene su propio estilo -pensó mientras lo seguía.

Johan le permitió pasar primero y ella quedó ahí frente al váter mientras él se disponía a regular la temperatura de la ducha. Al ver que Johan no mostraba ni la más mínima intención de irse, Nina se dispuso a desabrochar su correa y bajarse el pantalón. Años que no hacía pipí frente a alguien.

– Quédate sentada -ordenó Johan al ver que ella hacía amago de levantarse y, acto seguido se dispuso a quitarle las botas y las medias. -Ahora ponte de pie- Nina obedeció y él continuó desvistiéndola, cuidando tocar justo lo indispensable para esa tarea, palmeando suavemente cada pantorrilla en una orden silenciosa para que alzara cada pierna y así terminar de sacar el pantalón. -¿Algún problema?- preguntó.
– No, Señor -respondió Nina, ganándose una sonora nalgada.
– ¿Qué te dije? Estira tus brazos hacia atrás -Ordenó Johan mientras desabotonaba el chaleco y luego la camisa -Eres hermosa- dijo mientras acariciaba sus caderas, su vientre, sus nalgas y terminaba de retirar la ropa.

Nina inhaló y ese acto atrajo la atención de Johan hacia sus senos, éste no pudo resistir la tentación de pellizcar un pezón.

– ¡AYYYY! ¡Eso duele, idiota! -chilló Nina.
– No eres precisamente educada -soltó Johan.
– Y tú no eres precisamente un dechado de virtudes, pues -acusó Nina.
– ¿Cómo? -Johan la tomó del cabello y reguló nuevamente la temperatura del agua hasta dejarla prácticamente helada. -¡Tanto que me costó conseguir la temperatura perfecta y ahí llegas tú a cagarla! ¿Recuerdas tu palabra de seguridad?
– ¡Ayyy! Sí, Señor. -contestó Nina. El agarre de Johan le estaba causando dolor.
– Está bien, gatita. Entra -dijo halándola del cabello y empujándola para meterla justo debajo del chorro de agua helada -Mi noche. Mi casa. Mis reglas- ¿Entendido? -indicó Johan con severidad. Al no obtener respuesta, volvió a preguntar con menos amabilidad mientras golpeaba la pared con la palma de la mano libre – ¿ENTENDIDO?

Nina temblaba. De frío. De miedo. Con los ojos cerrados pensaba en todas las posibles vías de escape, en las cosas que podía utilizar para defenderse, en las distancias que debería recorrer desnuda si lograba salir de esa casa.

– Abre los ojos- Johan cortó el hilo de sus pensamientos trágicos halando su cabello nuevamente para hacerle subir el cuello y que el agua le diera de lleno en el rostro. Nina no podía ver nada.

Johan la hizo salir de la ducha sin secarla siquiera. Hacía un frío de los mil demonios y Nina caminaba como una autómata mientras Johan casi la arrastraba hacia su destino. Llegaron por fin a la sala.

– Inclínate y coloca las manos sobre el mueble -le ordenó Johan.

Nina obedeció y él se dedicó a corregir su postura separando un poco más los brazos, alzándole la cabeza, hundiendo su espalda, levantando sus caderas y haciendo espacio entre las piernas de Nina con sus botas. Cuando el resultado fue de su agrado se retiró un poco y comenzó a caminar a su alrededor, admirando su trabajo mientras hablaba.

– No eres una sumisa muy “sumisa” que digamos, y yo no soy precisamente paciente -dijo acercándose hasta rozar su oreja con los labios y empezó a susurrar en su oído- Sabes que lo que te viene te lo has ganado a pulso -decretó al tiempo que Nina recibía la primera nalgada. Nada de calentamiento. Un golpe bien dado. Con el alma. El cuerpo de Nina saltó- Quiero que las cuentes -ordenó Johan al tiempo que asestaba otra nalgada.
– Uno -dijo Nina con los dientes apretados mientras sentía el escozor en las nalgas y recibía otro azote.
– ¿Cómo? -preguntó Johan, dando otra nalgada más fuerte aún.
– Uno, Señor -recontó Nina nuevamente reprimiendo las lágrimas. Ni muerta le daría el gusto a ese cabrón, troglodita, mal educado y descortés de verla llorar.

Johan le asestó otra nalgada.

– Dos, Señor -contó Nina, llena de odio.
– ¡Cómo te cuesta…! -señaló Johan mientras atestaba otros tres golpes sonoros en sus nalgas.
– Tres, Señor. Cuatro, señor. Cinco, Señor. -Nina contaba mientras reprimía la frustración y las ganas de echarse a llorar o salir corriendo ¿Cuánto duraría?, se preguntaba.
– Aguantas muy bien, gatita -la felicitó Johan mientras volvía a azotarla repetidas veces con su mano.
– Seis, Señor. Siete, Señor. Ocho, Señor. Nueve, Señor. Diez, Señor. -Nina apretaba los dientes y escupía las palabras, sintiendo que de un momento a otro sucedería algo, que su mandíbula se iba a desencajar, o que sus brazos y piernas cederían; pero intentó mantener un tono de voz lo más plano posible, concentrándose en descubrir qué parte de su cuerpo cedería primero.
– Vista al frente. No tienes idea de las veces que he deseado tenerte así… Claro que en mis fantasías siempre venías a mí por tu propia voluntad, con la más sexy de tus sonrisas y aceptabas tu destino. Eso ya no importa porque justo ahora eres tan hermosa que me cortas la respiración. En este preciso momento te ves más preciosa de lo que nunca has estado -dijo Johan mientras le acariciaba las nalgas, los muslos y las caderas.

Nina no lo vio venir. Simplemente sintió las manos de Johan atrapando sus caderas mientras se enterraba en ella con una sola embestida. Fuerte. Duro. Salvaje… Y dolía. Nina conocía esa parte del dolor, esa parte sí le gustaba, esa parte la excitaba. Los dedos de Johan apretando con fuerza un pezón al mismo tiempo que pasaba el brazo bajo su abdomen y la masturbaba con la otra mano. Muchas sensaciones que generaban en ella la respuesta involuntaria del movimiento y alteraban sus sentidos.

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Al notar el cambio, Johan se inclinó sobre ella para morder su hombro; acto que trajo como recompensa un gruñido de Nina, que se movía con más fuerza contra él, disfrutando cada embestida, molesta porque no podía cambiar su postura ni un milímetro. Ese era un juego que sí disfrutaba. Sexo puro, rudo, básico. Su vista se nublaba al tiempo que sentía el miembro de Johan hincharse, notando el cambio de ritmo, las palpitaciones, escuchando cada sonido proveniente de él. Nada más delicioso que escuchar a un hombre gruñir como un animal mientras se corría dentro de ella.

No supo cuánto duró el polvo, pero durante los minutos que tardó Johan en ir al baño a deshacerse del preservativo, Nina repasó toda la sesión. ¿La disfrutó? No ¿Tuvo un orgasmo? Sí. Su cuerpo y su cerebro no estaban colaborándose en ese aspecto, aunque en una escala del uno al diez ella lo calificaba con un cuatro. Para Nina fue una pésima primera sesión.

Johan regresó. La ayudó a enderezarse, luego la cargó llevándola hasta el baño y metiéndose bajo la ducha con ella sin importar que su ropa se mojara. Esta vez sí reguló bien la temperatura y se dedicó a bañarla, acariciándola a medida que pasaba el jabón por su cuerpo, susurrando halagos y abrazándola. Al terminar de limpiarla se dispuso a secarla con mucho cuidado, le colocó una toalla en la cabeza y otra en el cuerpo y la llevó a la habitación.

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Nina estaba fría. Johan la hizo acostar boca abajo y empezó a untarle crema en las nalgas con suaves caricias. Cuando terminó su labor, se dedicó a darle un masaje con aceite de naranja en todo el cuerpo mientras hablaba.

– Has sido buena, gatita. Sé que tal vez he sido un poco duro pero quiero que recuerdes que todo ha sido un juego- le decía Johan mientras masajeaba sus hombros y su cuello- Quiero que sepas que ha sido un verdadero placer tenerte aquí y que espero que ese placer se repita -susurró Johan en su oído para luego repartir besos por su nuca y a lo largo de la columna vertebral hasta llegar a sus nalgas y lamer los surcos que dejaron sus manos mientras esas mismas manos que antes la azotaron con fuerza subían ahora por sus muslos y se desviaban perezosamente cuando su sexo húmedo intentaba hacer contacto con sus dedos.- Mi intención en ningún momento ha sido dañarte ¿Me escuchas, Nina? ¿Entiendes lo que digo? -preguntó Johan mientras la colocaba boca arriba y la besaba con delicadeza.

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– Mmmjum -respondió una somnolienta y caliente Nina cuyo cuerpo luchaba por hacer contacto con el esquivo cuerpo de Johan, quien a su vez lamía y mordisqueaba sus pezones mientras metía y sacaba los dedos cada vez con más velocidad, haciéndola reaccionar soltando gemidos y alzando sus caderas.
Johan se arrodilló entre sus piernas sin sacar los dedos, y empezó a lamer y chupar su clítoris, haciendo que las caderas de Nina se alzaran, arrancándole gemidos involuntarios. Nina simplemente se dejó ir, se corrió con fuerza mientras Johan seguía torturándola con sus dedos y su boca sin detenerse hasta que sintió el último espasmo y escuchó el último gemido. Después se separó de ella, la arropó apagó la luz y le dio un beso en la frente.

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